Vieron en la montaña una gran bola amarillenta flotando, pero lo que pasó después te dejará sin palabras…

EL 21 ENERO DE 1996 a las diez de la noche de aquel domingo, cuando comenzaron a abrirse algunos claros, Tania y Elena, partieron de Muimenta en su vehículo con dirección a Vilalba para reunirse con unos amigos. Los veintidós kilómetros de tramo recto que separan ambas localidades lucenses aparecían inusualmente desiertos. A la altura del kilómetro 16 de la nacional 120 se percataron de que, a lo lejos y frente a ellas, surgía una luminosidad amarillenta.

Las dos muchachas no concebían que, estando el terreno completamente encharcado, aquel resplandor situado a unos dos kilómetros por delante de su vehículo, pudiera proceder de un incendio. Pensando más bien que podría tratarse de un accidente, Elena redujo considerablemente la velocidad. Sin embargo, al llegar a la zona de O Pacio, a medida que acortaban distancia, la evidencia era cada vez más clara: algo parecía estar ardiendo entre unos árboles a la izquierda de la calzada.

 La curiosidad por saber qué podría ser aquello las llevó a reducir aún más la velocidad hasta detener el vehículo en el arcén, en el lugar conocido como Cima de Vila. El supuesto “incendio” estaba allí mismo, a tan sólo treinta metros al otro lado de la carretera. Las testigos relatan:

”Paramos el coche justo al lado de la luz y nos quedamos mirando sin saber qué decir. A nuestra izquierda había una bola de luz muy grande de color amarillo. Era como una bola de cristal, pero muy grande y estaba sobre la pradera, junto al río, sin tocar el suelo.

Tendría unos ocho metros de alto y todo estaba de color amarillo junto al río, y la bola flotaba, sin moverse. Bajamos la ventanilla para verla mejor y no se movía nada, estaba quieta y no hacía ruido (…) y le dije a Tania: “¿Pero, qué es eso?” Y ella, que estaba más nerviosa que yo, no hacía más que repetir: “¡Sal de aquí, vamos, sal ya de aquí!

Entonces empezó a abrirse una puerta por la izquierda de aquella bola, una puerta muy rara, como en curva, que bajó hasta el suelo, hasta tocar la pradera. ¡Bueno, aquello fue demasiado! No veas la de humo o vapor que salía por la puerta, más parecía vapor. ¡Ahí sí que yo me asusté de verdad! ¡Y Tania, no veas! Subí la ventanilla enseguida y salimos de allí pitando (…) y allí quedó, porque Tania miraba para atrás y aquello seguía allí, y según nos alejábamos aún se veía como al principio, como un resplandor. Cuando llegamos a Vilalba llevábamos cara de muertas, pero no dijimos nada porque se iban a cachondear de nosotras, ya sabes…”

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